Cuando llega la hora de comer, llega el hambre. Es entonces, a eso de las 14:30 cuando nos metemos en una cafetería dentro del castillo, a tomar un té. Lo hacemos al revés, pues primero tomamos un té a la hora del almuerzo, y luego un almuerzo a la hora del té.

Así tapamos un poco el hambre, subimos a la capilla de St. Margaret, en lo alto del castillo, y ya luego bajamos a la ciudad a buscar un sitio para comer. La capilla parece algo atemporal, fuera de lugar, un pequeño edificio normando que lleva así siglos y que se ha salvado de los numerosos saqueos y asedios que ha sufrido el castillo. Una de las historias que el guía escocés contaba, en su peculiar inglés cerrado, hablaba de ella y contaba que hubo un importante asedio al castillo tras el cual resistieron únicamente una docena de personas, que se refugiaron en dicha capilla, ya sin posibilidad alguna. No recuerdo si al final fueron perdonados por su valía o pasados a cuchillo, porque el protagonismo se lo llevó esta capilla del 1090 que sigue en pie, tal cual, hasta el día de hoy. Y junto a ella algo que me llamó la atención: un cementerio de perros.

Por lo demás, todo impresionante. Es fantástico poder pasear por aquí, pero lo mejor creo que es tener la posibilidad de venir y aislarte un poco, desconectar, pese a que haya o no mucha gente visitándolo, abstraerte y caminar por el castillo, y ver la ciudad, y caminar entre las almenas, y viajar a los sótanos, y tomar un té...
En fin, que todo muy bonito pero el estómago manda, y decidimos que tras cuatro horitas visitándolo nos merecíamos algo de comer. Así pues, bajamos a la ciudad, a Grassmarket y paramos en el local más barato que vimos, un italiano llamado Made In Italy. La verdad es que por aquí no se ven bares cutres como te puedes encontrar en cualquier rinconcito en España (al menos por el sur), a no ser que sean Fish&Chips, Take Away o similares. Pillamos mesa, al fin, en el italiano y nos atendió una camarera guapísima con una estética manga que me pareció curiosísima. Como también me llamó la atención que no vendieran alcohol en el restaurante, ni siquiera una cervecita. Y es que estaba deseando comer y acompañar con una cerveza que luego me ayudara a dormir una gloriosa siesta.
Estábamos todos realmente cansados de todos estos días atrás, y después de la jornada... la verdad es que necesitábamos una siesta. Pero cual fue la sorpresa al despertarnos ¡a las diez! ¡tres horas de siesta! Lo mejor es que una ducha después ya estamos en un pub típico llamado The White Hart Inn, forrado de madera, con vigas de madera y textos escritos en ella, lleno de tazas metálicas que cuelgan del techo. Forrado también de cervezas y gente en un típico lugar, envuelto por música en directo. Me encanta el lugar.

En un descanso el cantante, un tipo genial llamado Graeme E. Pearson, se acercó y estuvo un rato hablando con nosotros. Un joven escocés, alto y muy simpático vestido con un pantalón de cuadros (al modo escocés, tipo tartán) y una boina con un pompón rojo. Ya al rato vuelve a tocar, con su guitarra y armónica, con un estilo folk que al entrar en el bar, cuando blandía banjo en lugar de guitarra me recordó al mismísimo Bob (Bob Dylan, salvando las distancias). Se dio cuenta nada más llegar a vernos que no éramos de allí (obvio) y al saber que somos españoles, nos cuenta algo en español, que aprendió tocando por la Costa del Sol, Córdoba, Granada... Por cierto, me comentó Ángel posteriormente que hablando con el nota este le dijo que se había enamorado en Córdoba de una tal Carmen, y Ángel le preguntó ¿Carmen Flores? (así se llama su madre) a lo que le respondió: "Eeeh, no, I didn't had sex with she".
"Jajaja. Tras un genial 50 Hundred Miles con el estribillo cambiado por 'Paint of Lager, Paint of Guinness' toca La Bamba, en un scottish-spanish con 'barabarabara' tapando la letra olvidada."
Y finaliza con un tema llamado Caledonia que todo el bar canta con él, un tema que hace referencia a cómo los romanos llamaba a esta tierra: Caledonia, una hermosa tierra para una hermosa canción, y una hermosa canción para una hermosa tierra.

Ya a media noche buscamos un nuevo sitio que nos habían recomendado: el Frankenstein (aunque luego me dijo Javi que el que le recomendaron se llamaba Dr. Jeckill o algo así). L a ambientación es increíble... en las tres plantas donde el ambiente mejora conforme se baja, hasta el sótano, un karaoke donde se bebe cerveza a jarras por persona. Aquí Ernesto y yo nos pedimos una pinta de Foster, una rubia australiana para cada uno (no tienen Tennent's Lagger), mientras que Javi y Angel, nenazas, se conforman con media.

Por cierto, un lugar que se nos quedó en el bolsillo, un lugar al que no llegamos a ir (no teníamos mucho tiempo) es el Monster Mash, un lugar que nos recomendaron donde podías comer mucho a un buen precio.

Por cierto, compramos un Kilt para regalárselo a un colega... y no iba a volver de Escocia sin haberme puesto un kilt, ¿verdad?

Así tapamos un poco el hambre, subimos a la capilla de St. Margaret, en lo alto del castillo, y ya luego bajamos a la ciudad a buscar un sitio para comer. La capilla parece algo atemporal, fuera de lugar, un pequeño edificio normando que lleva así siglos y que se ha salvado de los numerosos saqueos y asedios que ha sufrido el castillo. Una de las historias que el guía escocés contaba, en su peculiar inglés cerrado, hablaba de ella y contaba que hubo un importante asedio al castillo tras el cual resistieron únicamente una docena de personas, que se refugiaron en dicha capilla, ya sin posibilidad alguna. No recuerdo si al final fueron perdonados por su valía o pasados a cuchillo, porque el protagonismo se lo llevó esta capilla del 1090 que sigue en pie, tal cual, hasta el día de hoy. Y junto a ella algo que me llamó la atención: un cementerio de perros.
Por lo demás, todo impresionante. Es fantástico poder pasear por aquí, pero lo mejor creo que es tener la posibilidad de venir y aislarte un poco, desconectar, pese a que haya o no mucha gente visitándolo, abstraerte y caminar por el castillo, y ver la ciudad, y caminar entre las almenas, y viajar a los sótanos, y tomar un té...
En fin, que todo muy bonito pero el estómago manda, y decidimos que tras cuatro horitas visitándolo nos merecíamos algo de comer. Así pues, bajamos a la ciudad, a Grassmarket y paramos en el local más barato que vimos, un italiano llamado Made In Italy. La verdad es que por aquí no se ven bares cutres como te puedes encontrar en cualquier rinconcito en España (al menos por el sur), a no ser que sean Fish&Chips, Take Away o similares. Pillamos mesa, al fin, en el italiano y nos atendió una camarera guapísima con una estética manga que me pareció curiosísima. Como también me llamó la atención que no vendieran alcohol en el restaurante, ni siquiera una cervecita. Y es que estaba deseando comer y acompañar con una cerveza que luego me ayudara a dormir una gloriosa siesta.
Estábamos todos realmente cansados de todos estos días atrás, y después de la jornada... la verdad es que necesitábamos una siesta. Pero cual fue la sorpresa al despertarnos ¡a las diez! ¡tres horas de siesta! Lo mejor es que una ducha después ya estamos en un pub típico llamado The White Hart Inn, forrado de madera, con vigas de madera y textos escritos en ella, lleno de tazas metálicas que cuelgan del techo. Forrado también de cervezas y gente en un típico lugar, envuelto por música en directo. Me encanta el lugar.
En un descanso el cantante, un tipo genial llamado Graeme E. Pearson, se acercó y estuvo un rato hablando con nosotros. Un joven escocés, alto y muy simpático vestido con un pantalón de cuadros (al modo escocés, tipo tartán) y una boina con un pompón rojo. Ya al rato vuelve a tocar, con su guitarra y armónica, con un estilo folk que al entrar en el bar, cuando blandía banjo en lugar de guitarra me recordó al mismísimo Bob (Bob Dylan, salvando las distancias). Se dio cuenta nada más llegar a vernos que no éramos de allí (obvio) y al saber que somos españoles, nos cuenta algo en español, que aprendió tocando por la Costa del Sol, Córdoba, Granada... Por cierto, me comentó Ángel posteriormente que hablando con el nota este le dijo que se había enamorado en Córdoba de una tal Carmen, y Ángel le preguntó ¿Carmen Flores? (así se llama su madre) a lo que le respondió: "Eeeh, no, I didn't had sex with she".
"Jajaja. Tras un genial 50 Hundred Miles con el estribillo cambiado por 'Paint of Lager, Paint of Guinness' toca La Bamba, en un scottish-spanish con 'barabarabara' tapando la letra olvidada."
Y finaliza con un tema llamado Caledonia que todo el bar canta con él, un tema que hace referencia a cómo los romanos llamaba a esta tierra: Caledonia, una hermosa tierra para una hermosa canción, y una hermosa canción para una hermosa tierra.
Ya a media noche buscamos un nuevo sitio que nos habían recomendado: el Frankenstein (aunque luego me dijo Javi que el que le recomendaron se llamaba Dr. Jeckill o algo así). L a ambientación es increíble... en las tres plantas donde el ambiente mejora conforme se baja, hasta el sótano, un karaoke donde se bebe cerveza a jarras por persona. Aquí Ernesto y yo nos pedimos una pinta de Foster, una rubia australiana para cada uno (no tienen Tennent's Lagger), mientras que Javi y Angel, nenazas, se conforman con media.
Por cierto, un lugar que se nos quedó en el bolsillo, un lugar al que no llegamos a ir (no teníamos mucho tiempo) es el Monster Mash, un lugar que nos recomendaron donde podías comer mucho a un buen precio.
Por cierto, compramos un Kilt para regalárselo a un colega... y no iba a volver de Escocia sin haberme puesto un kilt, ¿verdad?


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada