Nos levantamos temprano... y tenemos delante (aparte del desayuno) una tesitura: es temprano y tenemos hasta la una o las dos de la tarde para visitar la ciudad, de modo que podemos tomarnoslo tranquilo y visitar sólo algunas cosillas, o simplemente andar y visitar lo que podamos y ya está. Al final decidimos la segunda opción, así que dejamos las mochilas en consigna del hostal, y allá va nuestra visita (una guía rápida para ver París en una mañanita).
Como estábamos en Montmartre y debíamos llegar a un punto bastante lejano a nuestra posición inicial (r0 = r(t0)), tomamos el funcional metro parisino hasta nuestro punto de origen, junto al Hotel de los Inválidos.
Aquí se encuentra la Église Saint-Louis des Invalides donde una escultura indica la morada de la tumba de Napoleón Bonaparte.
Al salir de allí caminamos hasta los Campos de Marte, con una parada en una pequeña panadería de la calle que nos llevaba a nuestro destino, y fue ahí donde dió lugar mi primer intento de comprar en frances (un dulce de chocolate) siendo todo un éxito. ¡Ole!
Así pues, llegamos a los Campos de Marte y pudimos al fin admirar (de cerca) la fabulosa Torre Eiffel (que ya se veía de lejos desde muchos puntos de París). Evidentemente no tenemos tiempo de visitarla, pero ya vimos que se puede subir hasta las once de la noche, así que nos dijimos que volveríamos a pasar por allí, y esta vez no sólo a admirarla desde abajo, sino también desde arriba, desde lo alto, de noche, la torre y toda la ciudad.
Cruzando el río Sena, alcanzamos el Palais de Chaillot, que hacía las veces de puerta hacia el barrio de Trocadero, cuya calle principal nos llevaría directo al Arco de Triunfo de París. Allí, tras el palacio, en una esquina de la calle Trocadero, sentada en una cafetería, estaba ella, fantástica y guapísima como sólo ella: Inés Sastre. Bueno, otro monumento de París, aunque este es importado.
Caminando unos veinte minutillos llegamos al magestuoso Arco de Triunfo. De verdad, encontrarse en su base es impresionante, es enorme, es fantástico. Y cuando puedes apartar tu hipnotizada mirada de tan grandioso monumento, vuelves la mirada hacia los no menos grandiosos Campos Elíseos.
Los Campos Elíseos no son sólo magestuosos de por sí, sino también por los edificios que lo adornan, como el pequeño palacio y el gran palacio. De verdad, ambos igual de impresionantes. Es que esto es todo precioso.
En aquel momento, visitando el Petit Palais, le comenté a Ángel algo que le gustó: el síndrome de Stendhal, por el que se sufre elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión... cuando te expones a una sobredosis de belleza y arte. Y es que era fantástico verle tan fascinado, no en vano allá donde estábamos no era para menos.
No olvidar tampoco la Plaza de la Concordia, el lugar donde se asienta el famoso obelisco de Luxor. Es además una plaza en la que, mires donde mires, ves sólo lugares de ensueño.
Bajando por los Campos Elíseos, se llega al Jardin des Tuileries (vamos, los Jardines de las Tullerías, que traducido sería: jardines de los tejares).
Estos jardines estaban rematados por un arco de triunfo, el Arco de Triunfo de Carrousel, más humilde que el anterior, pero no menos hermoso, que hacía de puerta al museo del Louvre. El edificio en sí ya es una obra de arte, y lo que contiene... lo que contiene no lo vimos, porque yo necesito al menos tres días para verlo, y prefiero pasar de largo a entrar para ir con prisas, eso sí, pasar de largo con la promesa (una vez más) de que volveré.
Paseando por el margen del río, entre pequeños kioscos que me recordaban mi infancia de Astérix, uno de los pilares de mi educación (a pesar de que esto suene a trola), llegamos a la isla de la ciudad. En primer lugar decidimos cruzar la isla, pues nuestro objetivo estaba claro: la librería Shakespeare & Co.
Ya hablé de esta librería una vez, y estaba deseando ir allí personalmente. Además, había ido contando cuidadosamente a Ángel la historia de dicha librería, poco a poco, conforme nos íbamos acercando, de modo que tenía muchas ganas de ver tan extraordinario lugar.
Vaya si nos gustó. Nos llevamos allí unos cuarenta minutos, entre el caos de libros, entre camas y máquinas de escribir. Encontramos libros firmados por los propios autores, y otros dedicados, y algunos en la segunda planta, en lo que parece el despacho, rodeado de libros que no se venden, pero pasas por el lado y se viven. Entiendes porqué no se venden. Son demasiado especiales.
Pero nuestro camino ha de seguir, y hemos de volver a cruzar el río por la isla de la ciudad, parando, como no, en la Catedral de Nuestra Señora (Notre Damme) de París.
Al salir de Notre Damme compramos un par de bocatas para el almuerzo y, evidentemente, tiene que ser hablando francés, así que: segundo intento de comprar en francés; de nuevo un éxito. Vamos, no es que fuera un diálogo muy profundo, pero tenía tan oxidado el idioma que un diálogo tan simple ya me resulta un logro y una alegría. Ahora no hemos de demorarnos, pues hemos de volver al hostel en Montmartre.
En el metro, de vuelta, le digo a Ángel que mire a cualquier parte del vagón y me diga si no hay una mujer que no le guste; todas, de cualquier edad, son preciosas, y muy naturales, es genial. Es como pasear rodeado de muchas "Carla Bruni" (me gustaba más cuando no salía tanto en las noticias, tan sólo en aquella deliciosa, suave y aromática canción: Quelqu'un m'a dit)
"Pasear por París es como pasear continuamente por una pasarela de moda, llena de guapísimas mujeres".


1 comentarios:
Son muy hermosas tus experiencias de la visita a París, es una de las mas bonitas ciudades de Europa.
De donde eres yo también soy acosta. mi cuenta es edna.acosta1@hotmail.com
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