jueves, 4 de diciembre de 2008

Cuaderno de Viaje: París 30 Septiembre 2008

Dia 8: Día 1 en París.

El autobús lanzadera no dejó al fin en la capital, en la plaza Porte Maillot, junto al palacio de congresos, y la verdad es que no nos impresionó mucho la ciudad, pero claro, aun no habíamos pisado París, y bueno, ya estábamos con cosquillas en el estómago, así que esperemos a aventurarnos en ella.


Nuestros primeros pasos en París son para pillar el metro. Parece que es hora punta, porque es graciosísimo ver las caras literalmente pegadas a las ventanillas de cada vagón... ¡está petaísimo! Así que esperamos hasta el tercer metro, que viene bastante más tranquilo (ya se sabe, a la tercera), de la línea 1, con transbordo en Concorde (lo que viene siendo la plaza de la Concordia) con la línea 12, en dirección al barrio de Montmartre. El metro es genial, porque no pasa más de un par de minutos en que llegue un nuevo metro, esto funciona del carajo.

Llegado ya al hostal (Le Montclair Montmartre Hostel), la impresión que nos da es de ser una mierda pinchá en un palo, pero sin el palo. Además, caro, unos 27 € por cabeza. Cutre. Una habitación con una litera, baño compartido y duchas aun más cutres que en el backpackers de Edimburgo (que eran 11 libras la noche). La verdad, algunos lugares de Europa tienen alojamientos tan, tan penosos que es una verdadera lástima. Duchas que se inundan, váteres (qué raro me suena) donde apenas cabes (y yo soy canijillo), habitación ruinosa, en fin, de pena, y encima, caro. Y gracias a que éste, al menos, tiene agua caliente. Pero vamos, a mí me da igual, pa estas cosas no soy muy tiquismiquis, además... ¡estamos en París!

Así que salimos ya por Montmartre a comer algo, pero ¡está todo carísimo! De modo que acabamos en un turco comiendo uno kebaps, y allí nos encontramos con un alemán con el que estuvimos charlando un ratillo, esperando la comida. Él, como nosotros, huía de los abusivos precios.

Barrio de Montmartre (http://www.arnaudfrichphoto.com/).

Una cosa curiosa que nos sorprendió es la cantidad de establecimientos de todo tipo que habían abiertos, pero los más curiosos, las tiendas de comida, que reclamaban su clientela con cajones de fruta apostados en la puerta, normalmente regentados por árabes o indios.

La verdad es que al principio, el barrio me pareció decepcionante, pero luego vi que, despues de todo, Montmartre tiene algo especial. Muchos bares, de todo tipo además, una riqueza cultural y racial increíble, y aunque no había mucho movimiento, si se veían algunos puntos con algo de marcha. Dimos una gran vuelta por todo el barrio, y aunque me apetecía mucho una cerveza, he de decir (y me pego un tiro ahora mismo) que no me la tomé. En primer lugar porque no encontré un sitio adecuado, y al parecer aquí la cultura no es de salir a tomarte una cerveza como puede ocurrir en una tabernita en España o un pub en Escocia. En segundo lugar... pues no sé, la verdad. Pero vamos, seguimos caminando empapándonos del barrio. Nos llamó la atención también una de las principales avenidas, cargada de teatros, por donde vimos gran cantidad de público que salí en el entreacto o descanso de la obra, y Ángel y yo nos descojonamos cuando le mostré que uno de los teatros era gafapasta 100% todo cargado de clones de Andy Warhol y gente cool y snob y todo eso.

También pasamos por algun que otro bar con la puerta cerrada, a través de la cual se podía ver (por un ínfima ventanita) turbios espectáculos un poco dantescos, creo recordar, no sé si definirlos de "decadente cabaret moderno" o no sé qué. Curioso, eso sí.

Basílica du Sacré-Coeur (http://www.flickr.com/photos/ojoespejo/).

Y al fín, en nuestra vuelta, llegamos a la Basílica del Sagrado Corazón, no sin antes haber subido una pechá interminable de escalones, ¡pero una pechá oye! Además mirando el comodo elevador a nuestra derecha... pero vamos, se sube con mucho gusto, la verdad; y las vistas de la ciudad, de noche, desde lo alto, a las puertas de la impactante basílica, son impresionantes y vale la pena tantos escalones y esos tantos por diez. El verdor que iluminaba el precioso edificio lo hacía mágico, y el aparente infinito multiiluminado a nuestra espalda te llenaba de ganas de saber volar. Genial.


La anécdota de la noche la protagonizamos Montmartre, Ángel, yo y el mapa de París. Es que dimos un rodeillo más de la cuenta... pero vamos, yo sigo en mis trece de que no nos perdimos. Sencillamente estuvimos dando una vuelta con el hostal a nuestra derecha un ratillo, nada más. Vamos, realmente fue simplemente un despiste, que teníamos que coger por una callecita y nos la pasamos, creyendo que era la siguiente, y claro, la liamos. Pero vamos, que aun así, llegamos.

Y al llegar Ángel se atrevió a ducharse, ¡qué valor tiene este chico!... Bueno, yo también me duché antes de salir ¿eh? Por cierto... ¡españoles a nuestro lado! ¡Ains!