Día 1. Primera parte: Amsterdam.Ayer me levanté a las seis y veinte, luego todo el día de curro, y voy yo y me acuesto tarde, tras salir a tomar un par de cervecitas... vale, no habría problemas si no fuera porque hoy me levanté a las cuatro y veinticinco de la madrugada (yo tampoco sabía que a esa hora me podía levantar). Resulta que hemos quedado a y media (sí, con cinco minutos me basta), así que con unas pocas horas durmiendo, estoy que no estoy... vamos, que estoy dormido.

Del viaje... me comentaron que huvo un vuelo de dos horas y media hasta
Shiphol; y luego media horita en tren hasta Centraal Station en
Amsterdam. Es entonces cuando pasamos a formar parte de la inmensa marea naranja que inunda la ciudad, edificios, parques, calles y canales. Empezamos a vivirlo nada más bajarnos del tren, es esa sensación de encandilarte con la ciudad a la que llegas, esa belleza que inunda al viajero con la llegada a su destino. Y esa sonrisa que te quita el cansancio.

Así, GPS en cabeza, Fidel mete el turbo y, maletas a rastras, tira camino del hotel junto con Jose... andandito, que no había tranvía por la fiesta del Cumpleaños de la Reina (el
Koninginnedag). Ésta es la fiesta nacional de exaltación del naranja más patriótico de Holanda. Es la fecha de nacimiento de la madre de la actual reina que se celebra a lo grande en todo el país (y en Amsterdam especialmente) desde la víspera o incluso días atrás. Al parecer esta fecha coincide con la coronación de la actual reina, de modo que se ha mantenido la fiesta. Es un día genial, donde todo el mundo sale a la calle vestido de naranja y con banderas holandesas, a disfrutar en las calles, a montar pequeñas (y grandes) fiestas sobre las barcas en los canales, conciertos en cada esquina, y algo muy típico: el "Mercado de las pulgas". Y mientras Fidel y Jose tiraban p'alante, Guille, Manu y yo nos pillamos unas latitas de Heineken, que hay que incorporarse prontito a la fiesta. De lo mejorcito, el lote de reir cuando, refiriéndose a los puestos de comida y bebida, dice manu: "¡mira, esto está lleno de check-points!". Juas, juas, juas.
Cientos de horas después llegamos al hotel, pero como hasta las dos no es el check-in (vamos, no podemos entrar en nuestra habitación), pues nos vamos al
Vondelpark,
el principal parque de la ciudad, que lo tenemos bastante cerca, donde nos encontramos el mencionado mercado de las pulgas. Resulta que este día grande se permite la venta en la calle, de modo que la gente sale a vender cualquier cosa, trastos viejos, libros, juguetes, ropa, cacharros de cocina, dulces y galletas o cualquier cosa que tenga en casa. Incluso los niños bailan para ganarse unas perras (€). Es bastante divertido.

Lo mejor: la siesta del borrego (la que se hace antes de comer) que me pegué al entrar en la habitación del hotel. El poco tiempo que caí fué suficiente. Ya tengo las pilas cargadas y vamos a buscar la marcha. ¿en tranvía? No, andando, así que nos pillamos un par de cervezas para el viaje guille y yo, que los otros se quedaron un par de minutos más esperando al tran. Al momento se dieron cuenta de que era pa ná, así que nos acompañaron, pero ¡ah! se quedaron sin cervezas ¡se siente!.
Vamos hacia al Katsu, nuestro primer
coffeshop en Amsterdam, y por el camino nos impresionamos con los multitudinarios conciertos en la calle, mesas de mezclas en las terrazas... aquí se estila mucho la música electrónica y aunque yo no soy mucho de esta música, en la calle en un día así la verdad es que flipa.

El
katsu es uno de los lugares más genuinos que hemos visitado y de los mejores coffeeshops que vimos, simplemente por ser un lugar muy agradable, tranquilo, de calidad y muy acogedor.
Leyenda de colores:
-guía de viaje-
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