¡Ya empezamos a levantarnos temprano! Debemos movilizarnos para hacer el descenso del Sella, pero en plan tranquilo (el día grande es el sábado, no hoy). Buscamos un sitio para bajar las piraguas al río mientras algunos llevan la furgo a Rivadesella, donde tenemos planeado acabar. Todos los días suelen bajar cientos de piragüistas eventuales, gente que simplemente alquila una piragua por un día (unos 25 €) para pasar un día grato. Son piraguas a las que llamamos ballenatos, por lo grande que son (son para dos personas), para que no vuelquen... aunque eso de que no vuelcan... habrá que verlo (ya nos encargamos nosotros de hacer un poco el cafre). Así que cuando bajamos nos encontramos con enormes barcos por todos lados, tan torpes como divertidos, sobre todo para nosotros que, con piraguas de aguas bravas, vamos sobrados de movilidad.
¿Qué ocurre? pues que te hartas de reír viendo como se chocan entre ellos y como hasta vuelcan. Ellos, por supuesto, también se ríen, que para eso están ahí. Recuerdo en una estrechez del río, con una corriente algo más rápida, que Sergio se me adelantó y colocó su piragua frente a la mía en perpendicular, gritando: ¡Tapón!, taponándonos a mí, algunos de mis compañeros, y una pechá de gente que llegaba desde atrás. O cuando mientras jugábamos por un rápido, junto a una roca, llegó una de estas piraguas-ballena que se subió a la roca y casi dio con el casco sobre la cabeza de Salva, que la esquivó, y entonces llegó otra atacando de nuevo a Salva... y otra y otra más y luego otra... y se lió parda.

Incluso en una ocasión Sergio y yo nos quedamos simplemente viendo como todos se caían en una pequeña cascada: -¡mira, ese tiene buena pinta...!- ¡zas, y al agua! A algunos le ayudábamos, porque los pobres...
Total, mucho juego y diversión que acabó a 5 kilómetros de Rivadesella (la meta oficial), en la parada de Llovio, tras más de 5 horas y media. Yo al menos ni me acordé de comer, ni de beber.

Así acabamos, reventaítos. Nos hicimos algo de comer en el camping y compramos algo para hacer una barbacoa por la noche. Resulta que para el viaje habíamos comprado chorizo, así nos garantizábamos bocadillos, pero estábamos ya hasta los mismísimos de tanto chorizo... cuando Antonio pidió al carnicero chorizo, casi le matamos con la mirada. La cena, genial, en un parquecito fantástico que teníamos al lado, con barbacoas y bancos de madera. Unas carnes a la brasa y unos cubatitas relajados al final para al fin dormir y descansar.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada