Para compensar agua con tierra, pretendemos hacer algo de senderismo, y qué mejor lugar, o al menos más bonito, que los Lagos de Covadonga. El inconveniente es que el día amaneció nublado, con un aguaje a lo bestia (en mi pueblo aguaje es el rocío de la mañana), y no podríamos disfrutarlo al 100%.

Llegamos al Santuario de Covadonga, un lugar precioso, dedicado a Don Pelayo. Según cuentan las crónicas cristianas, los moros aquí recibieron una primera gran derrota, de manos de Don Pelayo y su gente, que consiguieron parar el avance musulman, y con ello comenzó la reconquista... todo muy a lo grande. Pero hay otra historia. Hace un tiempo se descubrió, como suele ocurrir, casi de casualidad, unos escritos que reflejaban los partes diarios del ejército musulmán. En éste cuentan como un incidente sin importancia aquel en el que una avanzadilla mora se topó con cierta resistencia que les tiraron piedras y les hicieron retroceder. Ya está, eso es todo. Esa es la otra versión de tan "gran hazaña". Increíble, ¿verdad? De todas formas supongo que a raíz de una serie de revueltas sí comenzó la reconquista. Vamos, lo históricamente lógico. (De todas formas me gustaría corroborar esta historia, así que si alguien conoce algo al respecto... que me ilustre).
Algunos de nosotros, ya haciendo la ruta por los lagos, tuvo sus más y sus menos con las vacas. No es que quisieran leche... tan sólo acercarse, pero parece ser que una vaca miró con mal ojo a Jose Antonio y decidió envestirle, para descojone nuestro, por supuesto.

Ah, paramos también, ya a la vuelta, en Cangas de Onís, donde hay un bonito puente de piedra, un puente romano altísimo, con la cruz y el alfa y omega, símbolos tan asturianos.

Decidimos rematar el día yendo a un pueblo cuyo nombre no recuerdo, porque aquí algunos pueblos son de diez o doce casas, y mezclados entre ellos. El lugar era precioso, y recuerdo algunos nombres: había una playa, la playa de Guadalmía, y algo más allá, unos acantilados, donde el cantábrico descarga su ira con fuerza y belleza. Y en éstos acantilados se encuentran los Bufones de Prías. Éstos son unos agujeros en la tierra, sobre los acantilados, que se comunican con la parte baja de los mismos, de modo que cuando la ola rompía allá abajo, la presión hacía que por los bufones saliera con fiereza aire caliente, húmedo, embravecido y con estruendo... y si la marea está alta y hay suficiente presión, al parecer salen hasta géiseres. Si pudiera describirlo mejor, lo haría, pero tan sólo puedo decir que eran impresionantes y que son un lugar de parada obligado para el visitante.

Y aun nos quedaban más sorpresas. Decidimos parar en un bar, donde nos encontraríamos con Olga y Antonio, dos encantadores amigos de Jose Antonio. El bar, de lo más cutre, una tasquita de pueblo, con los vejetes y lugareños bebiendo vino y sidra, y jugando al dominó. Este tipo de bares en verdad me encantan, auténticos y enriquecedores. Pero mejor aun, pues tenía un gran patio verde con unos bancos y mesas de madera, y en una esquina preparaban una barbacoa y una fiesta. Y empezaron a llegar gente y algarabía, y mientras bebíamos sidra, entre una húmeda bruma, llegaba un gaitero para sumarse a la fiesta. Fue todo genial y asturiano 100%. Fantástico. Pero estábamos cansados y decidimos volver pronto. Además, si queríamos entrar en el camping con los coches, debíamos hacerlo antes de las 12 de la noche.








